Un dolor, un quejido, una alucinación... si juntáramos los tres conceptos, termina dando el mismo resultado. Siempre.





Las horas corren, lento, pero corren.

El tren avanza y la masa lo sigue, sin saber qué sigue después del túnel, confiando en el destino,
en que el maquinista no es un psicótico, no es un loquito que se pudo haber dado con cualquier sustancia antes de subirse a la locomotora.

El interior esclarece más el espacio que me pertenecía. La represión de lo imperceptible se volvía fugaz.
La masa seguía moviéndose, avanzando hacia un pedazo de metal andante. Preferían llegar cómodamente a destino, en lugar de caminar por la
jungla desierta de los barrios que forman la Avenida 9 de Julio.

El temblor movía los azulejos maltrechos, y la masa, los pisaba, sin dudar y sin cuidado. Con la cabeza baja en alguna inquietud personal.
Pero después de todo, cada inquietud es un pase libre al desarmadero de conciencia. Una inquietud, un problema, un dilema, la mierda que fuere, es lo que da pie a este existencialismo barato.

Al lado mío estaba éso. Una persona rubia, ojos verdes, un hombre aparentemente. Aspecto de extranjero, con un libro de autoayuda, o alguna de esas porquerías que leen la mayoría de los de este siglo. Yo seguía prendida en mi lectura de Enrique Symns, pero me distraía esa presencia que por dentro quería que echara un vistazo. Cerré el libro con aires de agotamiento. Me apoye sobre la pared del subte de Independencia.
Lo miré a los ojos, y él a mi. Suspiramos, y me dijo algo así como "too much work today?".

"Yeah, something else" solté. Nuevamente, con aires de agotamiento, volví la mirada hacia "El Señor de los Venenos".
Volvío el pedazo de metal andante llamado tren subterráneo. Esta vez no estaba lleno. Ojos Verdes estaba detrás mío, y subió al mismo
andén que yo. El se sentó. Yo me infiltré entre una esquina de la locomotora. Miraba el piso, y él, leía su libro de autoayuda.

Pasaron las ocho estaciones, y buscaba alguna otra respuesta a ese raro comportamiento de Ojos Verdes.
Nadie que no me conociera pudo adivinar el sutil suspiro que significaba cansancio laboral. El primer suspiro de esa índole lo percibió ese extranjero que hoy bauticé como Ojos Verdes.

Me bajé en Miserere, como siempre. Ojos Verdes siguió su trecho con el libro ese de Coelho. "Nadie se cruza en tu vida por azar" se llamaba.
Combiné con la línea H hacia mi casa. Y en el subir y bajar de escaleras pensaba que esos ojos por instantes fueron míos, o fueron únicamente del azar, o quizás, fueron de mi cansancio. Esos ojos tenían que viajar conmigo por algo.

Así fue cuando el mundo cayó entre mi sien, y descubrí que no todo estaba bien en mi vida.
Racionalicé situaciones que no tuve tiempo de analizar durante la semana. Me detuve un momento a mirar la estación.
Se me cayó la cartera y las hojas del libro roto de mi amigo se desparramaron.

Una inescrupulosa lágrima cayó por debajo de mis lentes, y entendí en ese momento, que me acechó la tristeza. Hasta hoy.

2 nada más?:

arielito_pirata dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Diego dijo...

Hola me paso
muy interesante
tu blogg
me guzto
mucho, t espero n el mio
adios, cuidathe
sigue asi
xD