La conocí en Enero. En pleno verano del 2010. Todos se iban de viaje, excepto yo, quedándome solo en las paredes del departamentito que tenía en San Cristóbal. No era tan departamentito, que yo recuerde, pero vivía con mis padres, y mi hermano. También tengo una hermana, que hacía poco se había mudado a lo del pelotudo de su novio. Era verano, tenía unas vacaciones un tanto cortas, ya que a fines de Febrero volvería a la facultad, por lo tanto, el tiempo que podía gastar era lo suficiente como para conocer gente nueva, o reencontrarme con viejas amistades de la secundaria, que, a decir verdad, no eran tan viejas. Y ahí fue cuando empezó todo, cuando me habló Augusto vía Messenger. ¡Lo que menos iba a pensar era que iba a caer con un amigo!. Hacía semanas que Augusto me había prometido pasar una tarde, sólo él y yo. Me había puesto uno de los mejores vestidos veraniegos que tenía, sólo para sorprenderlo y el señorito, estaba con su amigo, ahí. Los dos, sin importarles nada. Por supuesto que estuve callada, ya que siempre tuve la costumbre de ser tímida. No por elección, sino porque me sale en el momento. Se miraron apenas ella entró a la casa, y Ramiro sólo la miró superficialmente, nunca pensé que iba a ser tan profunda esa mirada, así que ni me preocupé. Agarramos las guitarras, y empezamos a crear magia con mi amigo, mientras Verónica jugaba con Amelie, mi hermosa siberiana. Pasó la tarde y cayó la noche. Verónica estaba a cargo de su casa, por eso podía quedarse en lo de Augusto sin ningún problema. Era menor de edad (tenía 17 años) y todavía tenía ciertas reglas que cumplir, pero esta vez, hizo su vida a su antojo, ya que su familia estaba de viaje en Córdoba y Tucumán. Se había cortado la luz, me acuerdo, y de casualidad, cayó su amigo Rodrigo. Y éramos en total cuatro personas en la casa de Augusto. Rodrigo y él estaban en la suya, contándose hazañas de drogones, y yo, despilfarrando todo el conocimiento y compartiéndolo con ella, que también tenía mucho por compartir. Y me resultó un caballero, así es. Cenamos los cuatro juntos, y Ramiro se ofreció a servirme una porción de la cena. Augusto se quedó en la suya. Mucho no le importaba que Ramiro tenga ciertos comportamientos con su novia. Me regaló una visión de él que nunca había conocido en otra persona. Y eso me pasa por creer tan rápido en las personas, por hacer de cuenta que soy nueva en este mundo y dejarme sorprender. Se veían tan naturales, ella estaba impresionada, e incluso se le escapaba alguna comparación estúpida como las que suele hacer seguido, pero lo pasaba por alto. Al día siguiente, Verónica me cuenta que Ramiro la siguió en varios sitios que tiene en internet. Ese fue el primer punto que no me gustó de él, ni mucho menos de ella, en aceptar ciegamente que él la siga, que pueda ver su transparencia y sus debilidades tan fácilmente. Y todo lo que ella escribía en cierta forma me parecía algo usual, o quizás, algo que ya antes había recorrido, pero sentía que era necesario meterme entre esas vidas. Y fue así que la convencí de mi nobleza leyendo cada uno de sus escritos, y hasta me pasaba los inéditos pidiéndome alguna opinión. Tomaba una postura de profesional y le sugería cosas, como para que se deje llevar más por el juego. Le abrí las puertas a mi mundo de imaginación que no termina, a mi locura y obsesión de ser reconocida en las artes. Se aprovechó de mi situación con Augusto, que no era la mejor en ese entonces, le conté mis problemas que tenía con él, y hasta incluso le instruí en las artes de la pintura, le transmití absurdamente todo lo que yo sabía de mi debilidad. Claro que es muy fácil ganarse la confianza de una mujer dolida, y mucho más si se trata de Verónica, que cuando está mal intenta sacar esa tristeza como sea. No creía posible que ella pudiera caer tan fácilmente en las garras de cualquiera, y mucho menos en las de Ramiro. Contaba con las herramientas justas para que Verónica sea mía, y hacer que Augusto logre odiarme y dejarme atrás para nunca más hablarme. Su amistad no era la más valorada en mi vida, así que no me importaba quedarme con su novia y con su odio. Verónica tenía el pelo rojo, unas piernas que formaban un generoso trasero, y un peso de pluma seductor. Era una linda chica. Me parecía un lindo muchacho al principio, pero luego, las palabras formaron otra imagen física que me hizo creer que era tan horrible. Augusto me parecía un poroto al lado de él, y cómo me arrepiento de todo, cómo lastimé al pobre Augus... pasan los días y aún me odio por ello, por cómo me animé a destruir lo que habíamos armado juntos, poco a poco, y sin tapujos. Fue aquél día cuando me enteré por la hermana de Rodrigo que Verónica se paseaba de la mano con mi amigo Ramiro. Caminaban por las calles de Almagro como dos enamorados de hace años, sin ningún problema, sin importarles que estaba yo en el medio, que había un amigo y un novio traicionado, que todo lo que yo sentía no importaba para ellos, que Ramiro pudo seducirla en tan poco tiempo, y a mi me había costado meses llegar a su corazón, que pudo llegar a sus labios en tan pocas semanas, y yo tuve que esperar el doble de esas semanas para rozar sus mejillas. No lograba entender cómo hizo para abrazarla en tan poco tiempo, ni mucho menos, para compartir esas aventuras culturales que conmigo no se atrevía a compartir. Logré besarla con timidez, logré abrazar su cintura, logré que sintiera aquello que pensaba que había perdido, logré darle lo que Augusto dejó de brindarle por elección de sus amigos. Me sentí querida, me sentí especial, me sentí deseada. Sentía que me daba todo lo que Augusto ya no me quería dar. Me armé una hermosa ilusión, pero me estaba olvidando de Augusto, me estaba olvidando de nuestra relación con tantos problemas.
Ni bien Luciana le contó a Rodrigo lo que vio, me lo contó a mí. Y no sé si fue por suerte ó desgracia, pero ese mensaje que llegó de Luciana lo leí antes que Rodrigo. Nos miramos y no dudamos en ir a la casa de Verónica. Nos atendió Paula, su hermanita de 8 años, y no quería decirnos donde estaba, porque sabía que Verónica “estaba haciendo algo mal”. La esperamos y ahí llegó ella sola, haciéndose la boluda, cantando en un francés que sólo ella entiende. Estaba Augusto en la puerta de mi casa con Rodrigo, preguntándome dónde había estado toda la tarde. Intenté mentir diciendo que estaba con Lucía, pero era obvio que Luciana le había contado la verdad (por cierto, ella me odia, era justo y demasiado obvio) y me rendí ante sus ojos contándole la verdad. Que habíamos ido al Borges, que Steve McCurry nos sacó una foto, que fuimos a Starbucks, que hablamos de un futuro imaginario, que nos habíamos despedido definitivamente. Le mintió. Bah, en realidad, entre los dos le mentimos a Augusto para seguir en contacto como lo veníamos haciendo. “No quiero perder contacto con vos, Rami... ¿Qué podemos hacer?” Decía casi llorando. “Decile que nos despedimos hoy, y que nos vamos a borrar de todos lados, pero seguimos por Messenger” atiné a responderle. Le creí. Siempre fui un iluso en ese sentido. Aunque me esté diciendo cosas horribles, siempre voy a caer en sus ojos, y no me va a importar, porque realmente la amaba. Me mintió, y lo descubrí, porque volvieron a salir juntos. Esa noche que la encontré llena de besos ajenos, quería dejarla, pero fue imposible, porque caí en su mirada, una vez más. Y yo seguía viéndolo, claro. Seguía seduciéndome, y la verdad, fue que el juego prohibido de los encuentros a escondidas nos daba más entusiasmo. Pero no nos dábamos cuenta de que estábamos jugando con una persona, la cual yo decía amar. El amor es una total porquería, y siempre lo dije. Me gustó ser miserable, me gustó arruinar la vida de dos personas, y jugar con las dos al mismo tiempo. Creyó que la amaba, creyó que la iba a amar siempre, que estaba loco por ella, que íbamos a estar juntos algún día. Creyó todas las mentiras que le dije, pero ella se adelantó a mis pasos. Se quedó conmigo, por supuesto. Su consciencia explotaba poco a poco, y no pudo con la carga. Se dio cuenta de su error, se dio cuenta de lo mal que me hacían todos sus actos, y me confesó todo. Le confesé todo lo que había pasado. Lloré toda esa noche a su lado, me entregué a una total paz y me abrazó. Le dije que nunca sentí nada por Rami, que todo fue una boludez. Y en eso fui sincera. En todo fui sincera. Me salió mal, debo admitir. Quise quedarme con Verónica, para luego darle una patada en el culo, por haberlo cagado a Augusto, por haberse comportado como una triste mujerzuela. Pero demostró tener alma y rehacer su vida con Augusto. Haberla perdonado fue una de las mejores cosas que pude haber hecho en este tiempo. Dicen que errar es humano y perdonar es divino. La vi muy arrepentida de lo que hizo, y no dudé en abrazarla, en contener su dolor y hacerlo desaparecer. “No pasa nada, Vero... realmente quedé dolido después de esta confesión, pero ya fue todo... si realmente estás arrepentida, podemos intentarlo una vez más” me susurró Augusto en ese abrazo que pareció eterno. Nos besamos como nunca, y prometimos nunca más, pero nunca más, hacernos esa clase de daño. Y hoy hace un año que pasó esto, y los odio. Odio que sean tan felices. Odio que se hayan perdonado. Odio que estén tan enamorados. Pero los admiro. Conocen al amor mejor que nadie. Descubrí que el amor es algo inquebrantable, y que por más factores que interfieran, si existe entre dos personas, es un arma letal. Pensaba que no existían los amores así, pero siempre van a haber miles de Augustos y Verónicas escondidos por ahí, que intentan armar amor y no se dan cuenta, hasta que piensan que lo van a perder e intentan recuperarlo.


2 nada más?:
Hola, tu blog está excelente, me encantaría enlazarte en mis sitios webs.
Y por mi parte te pediría un enlace hacia mis web y asi beneficiar ambos con mas visitas.
Espero tu Respuesta a munekitacat@gmail.com
Un saludo
Catherine
Publicar un comentario en la entrada