Princesa Pálida
Ojos verdes y unas pecas inconfundibles. Actualmente tiene cerca de veinte años, y se crió en una cueva absurda con sonrisas dibujadas y karmas que no hicieron
su viaje de vuelta. Ignoraba lo que podía ser la cruda realidad en sus primeras épocas de princesa pálida, y siempre aparecía en las fotos con una sonrisa viva y pícara.
Compartía esa cueva absurda con otras personas que solían ser padres y hermanas, aunque cuando se armaban las guerras y batallas interminables, sólo eran personas más, perjudicando un crecimiento sano. Y era el crecimiento de ella el que perjudicaban. En su cabeza solían haber gritos, en sus ojos verdes solían haber lágrimas que no encontraban otro lugar más que sus ojos. Era así como amanecía a las diez de la mañana, apretando fuerte ese peluche, evadiendo los insultos de la gran cueva que cambiaba de tamaño a medida que pasaban los meses.
El baño no lo usaba más que para ocultarse de los monstruos que la acechaban fuera de su cama. No temía esconderse debajo de la misma, ya que esos monstruos aparecían cuando el sol tocaba sus pelajes, y las lágrimas sólo aparecían cuando el gruñido de uno de estos aparecía latente en la punta de sus nudillos. A pesar de ser la única que estaba en ese cuarto de agua, se la veía sola, reflejándose a sí misma en un espejo borroso y rayado, y sus ojos verdes sobresaltaban sobre las rayaduras del mismo. ¿Quién podría acompañarla en esa soledad inconcebible? No hay alma que acobije el fruto de su tristeza, pero su peluche escuchaba los sollozos que ocultaba entre sus brazos, y las gotas saladas que caían de sus ojos se secaban solamente con las manos frías del abismo.
Pasaron años, y su vida se trasladó de edificio en edificio. De un barrio a otro. De San Telmo a Constitución, de allí a Once, y de Once otra vez a Constitución.
Dentro del camión de mudanza también llevaba una valija más cargando las penas armadas que cosechó a lo largo de su infancia. La adolescencia podría ser un cambio favorable, ya que la mitad de los monstruos que vivían en ella, habían desaparecido. Llevaba entre sus lunares la ilusión de volver a tener una cueva más ordenada, y poder llamarla hogar. Sin monstruos, pero con personas. Sin penas, pero con sonrisas verdaderas. Nunca entendí por qué su forma de ser tan servicial me llevó a pensar en que las criaturas de su pasado no eran más que proyecciones de una alucinación aceptada. Por ella y por mí.
Detrás de esa inescrupulosa aventura alcohólica, se generó un desamparo entre ella y su yo más cercano. El odio que se generó en esa fecha fue tal que hasta el día de hoy quedan cenizas de aquella empastillada infernal. Se creía una reina al emanar alcohol de sus venas y convertirlas en ácido gritón, pero no se daba cuenta de los tambaleos ni del escurridizo discurso que solía darme cuando yo la tenía cerca los fines de semana. Así conoció la noche, y el alcohol. Rodeada de pares festejando la fechoría -que en ese entonces creíamos tan vivaz- tomó conciencia de su estado y no regresó jamás a ese deseo de querer ser parte de la cueva absurda de palabras encerradas e insultos como relojes que te despiertan de un salto en mitad de la madrugada.
Hoy, me reencuentro con ella a tomar una cerveza, me muestra las viejas fotos del recorrido vital, y encuentro entre esas sonrisas, la princesa pálida de ojos verdes que solía ser, aunque me lo negara. Me presenta a la persona que eligió para ser su amado, y con una ilusión nueva entre las pestañas me vuelve a contar detalles que no podría gritar en un desierto. Se le rajó la media en medio de la noche, se le rajó la media a la mitad de una discusión, se le rajó la media por culpa de esa última botella de whisky, se le rajó la media intentando esquivar con ebridad aquel poste a los 15 años, se le rajó la media al querer ser diva y dejarse las uñas largas.
-¿Qué pasó con ese peluche remendado?
-Lo tengo todavía ahi, guardado, pero ya no lo saco a la luz, porque es parte del pasado.


0 nada más?:
Publicar un comentario en la entrada